¿Somos realmente iguales los seres humanos?

El ser humano es, por naturaleza, desigual el uno del otro. Es necesario partir de allí para hacer ciertas consideraciones sobre la relación de los hombres con la política y las teorías y los esfuerzos igualitaristas.

El objetivo de la búsqueda de la libertad busca la igualdad de todos los seres humanos ante la ley, que extendido a la esfera de la conducta social es lo que llamamos democracia y que, como dice Friedrich Hayek en “Igualdad, valor y mérito”, “es lo que hace más inofensivas las desigualdades que inevitablemente provoca la libertad”. Permítaseme añadir un contexto a dicha frase.

En principio, la libertad produce desigualdades porque en un sistema en el que cada persona es libre (y por consiguiente, responsable), se demuestra que ciertas formas de actuar tienen más éxito que otras. En gran parte es esto lo que valida el proceso de prueba y error a través del cual la humanidad progresa.

Además, es necesario distinguir la igualdad de trato que ya mencionamos de la igualdad de hecho o la igualdad material a la que se pretende llegar a través de diversas medidas coercitivas.

“Es esencia afirmar que se aspira a la igualdad de trato no obstante el hecho cierto de que los hombres son diferentes”. (p.122)

Igualdad ante la ley vs. Igualdad material

No es cierto que todos los hombres nacen iguales, así sea por mínimas diferencias congénitas entre sí. A partir de allí, como resultado de la educación, el ambiente al que se expone o las instituciones (entendidas como normas y sistemas de valores) en las que participa, el niño se convertirá en un individuo singular y único. En base a esto, podemos decir que si tratamos a hombres diferentes igualmente, los resultados inevitables son las desigualdades en sus resultados y para situarlos en una posición igual es necesario tratarlos de forma distinta.

“La igualdad ante la ley y la igualdad material no solamente son diferentes, sino contrapuestas”. (123)

Ahora bien, ya sobre este punto se puede discutir sobre la deseabilidad de la segunda sobre la primera y los argumentos éticos aflorarán sin recato, pero para no tomar la discusión por este lado, el argumento de Hayek es que quienes abogan por la igualdad de hecho suelen en verdad apoyar el reclamo de una distribución que se apegue al mérito de las personas y su trabajo y arguye que aunque tal cosa sea anhelada por muchos, no justifica el uso del aparato coercitivo del gobierno ni el establecimiento de privilegios o prerrogativas para alcanzar el fin.

Ello es porque la desigualdad económica no amerita el uso de la coacción, argumento que se basa en que si los hombres son más o menos similares, no existe ninguna persona que tenga la capacidad (más allá de la de sus equivalentes) de determinar las capacidades o potencialidades de los demás y que la eventual desigualdad que le permita a alguien hacerse de una habilidad superior a la de sus similares representa, en última instancia, un beneficio para el resto de personas a través del intercambio.

Causas aquí y allá

Ahora bien, cuando se indagan en las otras causas primordiales por las cuáles los hombres resultan distintos se critica, en primera, la herencia, y de forma más común, la diferencias en materia de educación. Sobre la herencia no hablaremos tanto porque se acepta cada día más que el fruto del esfuerzo de los padres es para disfrute propio y que puede disponer de ella como mejor le parezca, pero sobre la segunda no parece haber tanto acuerdo:

Si preguntamos a cualquiera si se debe permitir a cada quien hacer uso de sus propias facultades, la mayoría estaría de acuerdo. Sin embargo, cada vez más se acepta que el Estado no sólo debe proporcionar los mismos medios a todos, sino que debe ajustar y controlar deliberadamente las condiciones de partida de cada persona, metiéndose en un aspecto de la vida eminentemente personal: la decisión de los fines y propósitos y la de los medios que mejor se ajusten, asumiendo que el gobernante puede conocer tanto como el individuo sobre sus propias circunstancias (vaya arrogancia).

¿Cuál es el fundamento de tan insana sustitución de criterios? Yo diría que no hay, no uno razonable al menos.

Valor y mérito

Pasando a otra esfera de la discusión, hay quienes no se oponen a la desigualdad per se, sino al hecho que no se recompensa a las personas según los méritos o el esfuerzo que cada quien pueda tener. Ahora bien, las cosas que las personas puedan ofrecer a la comunidad en muchos sentidos son valorados de forma independiente del mérito que pueda descubrirse en esas cuestiones.

“Una buena inteligencia o una magnífica voz, un rostro bello o una mano habilidosa, un cerebro ingenioso o una personalidad atractiva, son en gran medida tan independientes del mérito personal como las oportunidades o las experiencias que el poseedor haya tenido” (131)

¿El reconocimiento de una acción o una facultad debe entonces recaer en los méritos o el valor que las demás personas le provean al beneficiarse de ellos?

Lo segundo, porque claro, recompensar en base al mérito nos presenta varios problemas:

  • Se recompensa no por un resultado objetivamente reconocible (un producto, un servicio, una capacidad), sino por el esfuerzo subjetivo de la persona que lo provee. Claro que, si me tardo 10 años de trabajo de 8 horas al día en fabricar un carro, eso no haría que mi carro fuera más costoso que un Mercedes Benz, ¿o sí? ¿Pagaría usted más por lo mucho que me esforcé?
  • ¿Qué no puede ser el éxito producto de un accidente y el fracaso el indeseable resultado de la acción mejor planificada y meticulosamente realizada?
  • Y de forma más importante, ¿qué tiene alguien la capacidad de distinguir entre la parte de lo logrado que se debe a las circunstancias en control de la persona y la parte que no se debe a ellas? Sin este especial factor, se vuelve particularmente imposible recompensar a alguien por el mérito que tiene. En corto, porque no hay forma de determinar cuál es su mérito.

Además, resulta que “no deseamos que los hombres obtengan el máximo de mérito, sino que logren la máxima utilidad con el mínimo de sacrificio y esfuerzo y, por lo tanto, el mínimo de mérito” (133). Después de todo, reducir la necesidad del trabajo del hombre ha sido el fruto de un proceso evolutivo que se ha acelerado desde la llegada de la revolución industrial y ahora, cada vez más, con los avances tecnológicos y la introducción de las máquinas que sustituyan la necesidad del trabajo humano, permitiéndole a éstos dedicarse a otras tareas.

Podemos retribuir a alguien una recompensa únicamente en cuanto al valor que las demás personas atribuyen a los resultados que el esfuerzo de ese alguien provee.

Ref:
Hayek, F.A. (2008) Los fundamentos de la libertad. (José Vicente Torrente, Trad.) España, Unión Editorial. (Trabajo original publicado en 1959).

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